Resguardado en el
cálido nido de un hogar de generaciones honestas y hacendosas, logré descansar
mis pulmones ardorosos, ojos enrojecidos, cuerpo famélico y rostro castigado.
Mi nombre sumergido en inmundicia era lentamente acendrado con los cantos de
los árboles que me fecundaron, dispuestos y aferrados a no dejar caer sus
retoños resquebrajados. La marea de la vida arrastro mi alma hasta la orilla de
una playa y manteniéndome a salvo con bocanadas de viento arenado y sorbos de salmuera,
exhalé cansancio y dolor en pleno atardecer de mis años.
Sé que volveré a
nacer en un intento, mas no en un instante; volveré a respirar el viento sin
más lamentos y a esparcir mi palabra sin esperar cosechas de luna llena, correré
hasta el cansancio mientras el tiempo se encarga de derretir mis piernas, y mi
apesadumbrado cuerpo se desvanezca en la mitad del último paso en un intento de
alcanzar perpetuidad.
Hasta entonces he
de vivir compartiendo mis pensamientos en un universo de cuerpos y materia,
ilusionado y disfrazado detrás de una sonrisa hipócrita que únicamente la
soledad absoluta la logra desvanecer.

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