Y mientras observaba tu rostro perderse
en el infinito del espacio de mi mente, la vida giraba en torno a un sinfín de
trivialidades, atemporalidad sin sentido, miradas perdidas, palabras apáticas y
muestras bizarras de afecto a la nada.
Fue una época colmada de desesperanza y oscuridad. Hambriento de un renacer en mi vida, desesperado por hallar sensaciones perdidas, o simplemente hacer estallar mí pecho desde su interior con algún palpitar arrítmico de un corazón confinado a una prisión de huesos y frívolas actitudes.
Fue una época colmada de desesperanza y oscuridad. Hambriento de un renacer en mi vida, desesperado por hallar sensaciones perdidas, o simplemente hacer estallar mí pecho desde su interior con algún palpitar arrítmico de un corazón confinado a una prisión de huesos y frívolas actitudes.
Y es tan duro caminar con cadenas
tan pesadas como la remembranza de tus cálidas palabras, simples exhalaciones
sonoras de tu boca, que en complicidad con la atmosfera, concertaban la más
hermosa sinfonía que experimentaba mi ser.
Y aquí estoy, olvidando aún que
ya no estarás conmigo, recordando tu presencia y lamentando mi infortunio, mi
patética y absurda irrealidad, de tenerte habitando en desiertos congelados, de
amarte sin sentirte, de escucharte a centímetros de mi oído, y al girar solo
observar la sábana blanca sobre la que descanso.
Entonces mi alma grita por ti,
mientras mi cuerpo yace inerte y mis ojos se abren ante los filosos haces de
luz que penetran por la ventana, mi mente recuerda que nunca seré el mismo y
mis días solo se perciben como la sucesión de horas que arrancan el tiempo a mi
vida.
¿Es este el fin, o acaso el penoso
inicio de una desventurada historia? Historia en la que mi cordura, evidentemente
se vio comprometida ante los hechos implantados por mi peor amigo, en cuya apología,
declaraba su aguda necesidad de amar.


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